Nunca me aburro cuando me quedo en casa. Si a uno le gusta el silencio y sabe emplear los momentos de soledad de una forma útil estar solo puede ser una experiencia magnífica. Hacer un poco de nesting —con un libro que estimule el pensamiento o una buena serie de TV— puede ser tan agradable como salir a tomarse un par de cervezas. Sobre todo en invierno estas actividades son buenas excusas para quedarse en casa.
Como el clima en Londres es tan impredecible, esperaba un clima tétrico el fin de semana pasado a pesar de que ya estamos en primavera. Pero qué bueno que no fue así. Al abrir la ventana de la sala el día soleado me golpeó la cara. Afuera lucía tan hermoso que iba a ser un desperdicio dejarlo pasar sin poder disfrutarlo.
Decidí bajar a Brixton y visitar a Antonio, un amigo de las Canarias. No había tenido la oportunidad de caminar por sus alrededores a pesar de ya llevar casi tres años viviendo aquí. Brixton es un distrito ubicado en el sur del centro de Londres y es fácil llegar. El viaje toma nada más que quince minutos si uno va en Tube con la Victoria Line desde Oxford Circus.
Al pasear por ahí uno puede ver que el lugar goza de vida: está lleno de cafés, restaurantes, cines, pubs y una población joven multiétnica que camina, pasea en bicicleta o se traslada en patines. Es cierto que todo esto se puede encontrar en otras partes de Londres, pero ¿qué hizo que Brixton me llamara la atención? Tres lugares.
El primero es un café de nombre francés llamado Madeleine que en realidad no se encuentra exactamente en este distrito sino en Clapham, un distrito aledaño al que uno puedo llegar caminando desde la estación Brixton. Por dentro tiene un estilo rústico y paredes de madera. Es un lugar muy acogedor.
El segundo es Pop Brixton, un centro juvenil nada convencional con sus paredes hechas de contenedores de transporte. Al entrar uno puede ver todo un despliegue de variedad intercultural en los restaurantes y puestos de comida que ofrecen sus platos dentro de los contenedores. También tiene a una terraza donde uno se puede sentar y tomar un trago disfrutando del clima y la música. El ambiente es muy animado sin ser ruidoso y sin estar repleto de gente como el mercado Portobello o como en Candem Town. La gente fuma, la gente conversa, la gente vive. Pop Brixton es el lugar de moda en el sur de Londres.
El tercero, y fue el que más me agradó, es Brixton Market, colorido y lleno de vida que a más de uno haría pensar en uno de Perú, Ecuador, México o Venezuela, por solo nombrar algunos. Hace tiempo que no veía a tantos comerciantes mestizos, como yo, vendiendo de todo y a todos: pescado, verduras, legumbres, y a gente que hablaba castellano en más de un acento. También escuchaba otros idiomas pero mis oídos eran una esponja para todo lo que sonara hispano. Por todo su techo de forma triangular lo que llama la atención no sólo es el color amarillo con el que está pintado, sino las banderas de varios países que cuelgan en forma vertical muy por encima de los negocios que están ahí, muchos de las cuales son restaurantes que venden comida latinoamericana. Antonio y yo decidimos sentarnos en una de las mesas que estaban afuera de un restaurante colombiano. La mesera se nos acercó y nos trató con esa formalidad muy respetuosa y particular que tienen ellos.
—¿Qué desea comer usted mi rey?
—Pues ya que tengo curiosidad por la comida colombiana a mí me traes una bandeja paisa.
—Y a mí una cazuela de mariscos.
—¿Y para beber mi rey?
—Pues a mí una corona.
— ¿Y a usted mi rey?
—Vale, entonces que sean dos coronas.
—Muy bien mi rey.
Mientras esperábamos no podía dejar de observar el restaurante por dentro y por fuera. El lugar estaba repleto de gente. Los meseros pasaban ágilmente llevando más de un plato: piezas sabrosas de carne y pollo, sopas que temblaban y hervían desprendiendo humo, y ensaladas en platos pequeños. Las paredes no estaban limpias, había un lavadero pequeñito que no estaba en el baño sino a la derecha de la puerta de la entrada principal y al lado izquierdo se encontraba la caja donde una pareja muy pequeña pagaba. También pude ver una pared con una pequeña ventana cuadrada de donde entraban y salían más platos. Era la cocina. Sentía que estaba en uno de esos restaurantes baratos que cualquier peruano en Lima puede encontrar en Surquillo, la Victoria o cualquier otro distrito populoso. Entre todo ese vaivén de gente y comida sonaba una salsa muy popular de los años noventa del grupo Niche. Mi imaginación volaba un poco más allá y no sólo recordaba yo mis años de alumno de secundaria, las fiestas en la casa de mi abuela que mis tíos siempre organizaban en Huacho, donde nací, sino que con tanto acento colombiano a mi alrededor y de tanto ver series en Netflix o leer novelas policíacas me imaginaba a Pablo Escobar entrando con sus hombres haciendo de las suyas: ahí viene el patrón, m’ijo cómo está usted, apúrese pues que sino el patrón…, usted es un malparido.
Regresé a mi sitio y le dije a mi amigo que me sentía en casa. Mientras comíamos y nos poníamos al día de nuestras vidas —no nos habíamos visto por varios meses— y hablábamos de las malas noticias que vienen ocurriendo en Europa, sentía que mi problema de identidad, de desarraigo, se esfumaba. Ya no me sentía un apátrida y me daba cuenta que siempre iba a ser latinoamericano y ahora que lo recordaba me sentía lleno de vida.
Hasta que nos trajeron la comida. La mesa no era tan grande y tampoco muy fuerte. Con todo lo que pedimos había que mover los platos con mucho cuidado. El mantel en una de sus esquinas tenía un agujero y la silla en la que estaba sentado no parecía muy fuerte así que por miedo a caerme me paré y cogí una de las que estaban amontonadas encima de otra al frente de nosotros. Cuando vi mi plato me dio risa porque hacía tiempo que no comía así. Ahora era más recatado, más delicado a la hora de ingerir alimentos.
En Londres uno come poco y cuando va a un restaurante uno paga más por la infraestructura del lugar, el estilo de vida y no tanto por lo que come. El almuerzo en horas de trabajo no es más que un sándwich, una manzana y una botella de agua que consigues en el supermercado. La cena, si vas al restaurante, te la sirven en platos que parecen sombreros de porcelana. Todo eso me parece más saludable pero como era domingo y había buen clima esta vez no me importó y quise hacer una excepción. Me sentía en casa aunque no fuera colombiano y almorzara con un amigo que sentía como un hermano. Hombre, ¿seguro que vas a poder comer todo eso?, me preguntó mi amigo. Y le dije que sí y que hoy iba a comer como se come en casa, como se come en Perú. Y entonces comimos como bárbaros.
Al terminar, el sol se empezó a marchar y empezó a hacer frío. El domingo comenzó a morirse y la gente a marcharse, el lugar perdía su bullicio gradualmente, los meseros empezaban a recoger los manteles con huecos y a guardar las sillas tembleques. Sonaba otra salsa popular del grupo Niche y una pareja se puso a bailar. Sin estar borracho me dieron ganas de bailar como ellos, pero no me atreví porque tengo los pies izquierdos. Mi amigo y yo seguimos hablando de todo un poco, de lo mal que se pondrá todo aquí tras el Brexit y luego de haber pagado nos marchamos a casa caminando.
Londres, marzo de 2017