Yo creo que la muerte del artista que uno admira puede ser tan triste y desoladora como la muerte de un ser querido.

Desde que me enteré de la muerte de Pedro Suárez Vértiz, el rockero más importante y exitoso que ha tenido mi país, todavía no puedo creer que ya no esté entre nosotros.
Me resulta muy difícil de creer que el ícono del rock peruano no sea ahora más que un poco de polvo tras haber sido cremado. Terrible final para alguien que tuvo no solo un éxito inmenso como artista; sino también un alma grande que se ganó el cariño de todo un país con su nobleza, sencillez y genialidad para crear muchas canciones que alegraron a un país acostumbrado a estar triste.
Aunque yo sea solamente uno de los miles de fans peruanos sin rostro que Pedro tuvo desparramados por el mundo, para mí, su muerte es como la muerte de un amigo o un familiar cercano. Desde que falleció el 28 de diciembre, he estado muy triste y nostálgico, muy meditabundo, reflexionando en silencio sobre lo corto y efímero que es todo. Al final, la muerte se lleva a todos, nadie está a salvo, ni siquiera los que lo lograron todo. A veces primero se van ellos y después nosotros o quizá al revés, no importa, todos nos vamos tarde o temprano. Todos terminaremos convertidos en polvo o carcomidos por gusanos. Así que he estado muy pensativo y acongojado como si Pedro hubiese sido algo más que solo el ídolo más importante de mi juventud.
Podría decir con certeza, esperando no caer en huachaferías, que muchas de sus canciones forman parte del soundtrack de mi vida. Volver a escucharlas después de muchos años es recordar mis días de infancia y adolescencia, mi etapa escolar cuando estudiaba en Miraflores y vivía en Surquillo, la época donde, en muchos aspectos, como lo dice una de sus canciones, “todo era lindo y todo era mejor” (Días de infancia, 1994), y donde un muchachito como yo, tímido y retraído, por dentro, quería ser tan irreverente como él. Yo también quería ser “el rey del ah ah ah”.
Aunque algunos de mis amigos también disfrutaban de sus canciones, ninguno era tan fanático como yo. Mientras ellos aprendían a tocar la guitarra con las rolas de Oasis, Collective Soul, Radiohead, Calamaro, Soda Stereo, Fito Paez, entre otras, yo solo quería aprender a tocar la guitarra para tocar las canciones de Arena Hash, la ex banda de Pedro, y luego las que sacó como solista. Pero mi fanatismo no tenía límites y fue mucho más allá. Aprovechando que tenía el pelo negro y ondulado como lo tenía él, me peinaba como él. Y como también era flaco como Pedro lo era, me vestía como él; siempre con un polo negro sin ningún tipo de estampado, unos vaqueros entallados, o al cuete como decimos en Perú, y unas botas negras importadas que le costaban un dineral a mis padres por esos años. Cargaba sobre la espalda una guitarra que me regaló mi padre como la cargaba Pedro en uno de sus videos musicales y con esa misma guitarra caminaba yo por las calles de Larco soñando que algún día sería una estrella de rock como él.
Al final nunca llegué a aprender a tocar la guitarra como un profesional, pero desarrollé una melomanía que hasta ahora conservo. Pedro me educó musicalmente. Gracias a él yo me aventuré a escuchar a los Beatles, los Rolling Stones, the Smiths, the Dobbie Brothers, Janis Joplin, artistas que los chicos de mi edad no conocían o no apreciaban porque pertenecíamos a una nueva generación de peruanos, a una que, lamentablemente, se degradaba con la primera ola de reguetón de finales de los años 90; un ritmo que, a pesar de mi cortad edad, a mí siempre me pareció un género para delincuentes. Ese podría haber sido mi destino también, pero escuchar a Pedro en las entrevistas radiales o en la televisión hablar sobre esos artistas extranjeros me salvó el oído y la buena reputación.
Aunque mis deseos de convertirme en una estrella de rock felizmente desaparecieron cuando terminé la complicada y voluble adolescencia, la admiración a Pedro nunca menguó. De joven, esa admiración siguió intacta: Pedro siempre salía con algo nuevo, a veces, una canción muy rockera (Globo de gas, 1994; Podré cambiar, 1996); otras, una mucho más pop (No llores más morena, 2006); a veces una balada (Sentimiento increíble, 1996; Lo olvidé, 2004; Nadia, 2006); o una melodía instrumental (China wife, 1999; Endal, 2006; Olivar, 2010). Sus canciones seguían hablando de sexo (El tren sexual, 1999); del desamor (Sé que todo ha acabado ya, 1996); de la soledad (Rara soledad, 2006); y de temas con los que se identifica la gente en todas las clases sociales (Cuando pienses en volver, 2004). Por eso a Pedro, o Pedrito, como se le conocía, lo querían tanto los peruanos ricos como pobres. Pero era también una especie de filósofo pop con reflexiones que te invitaban a pensar y a afrontar los momentos difíciles que tiene la vida.
Mientras yo viví en Perú, mi admiración a Pedro se vio recompensada cuando tuve la oportunidad de verlo en persona hasta tres veces. La primera fue a finales de los 90 cuando, aún adolescente, pasé por la calle donde vivía en Miraflores y lo vi bajar de su camioneta. Yo estaba al otro lado de la acera y, como siempre he tenido pánico de comportarme como uno de esos fans espesos e inoportunos, seguí caminando pretendiendo no estar impresionado de verlo por primera vez. Recuerdo que el corazón me latía a mil porque a la izquierda estaba mi cantante favorito, pero no hice nada para no espantarlo. No me acerqué. No quería arruinar mi ilusión con un posible desprecio que ahora sé que Pedro jamás me hubiese mostrado. Y lo sé por lo siguiente.
Muchos años después, ya en mis veintes, lo volví a ver gracias a mi hermano que trabajaba en un canal de televisión que está en la Avenida Arequipa. Un día me llamó para decirme que Pedro iba a dar una entrevista en su programa y que él podría propiciar un encuentro; así que tomé un taxi y fui. Al terminar esa entrevista, mi hermano me llevó hacia él que estaba detrás de cámaras y entonces ahí lo saludé.
Recuerdo que hice lo mejor que pude para controlar la emoción, pero el gran Pedro al darse cuenta de lo nervioso que estaba me ayudó a soltarme preguntándome a qué me dedicaba y cuáles de sus canciones me gustaban más. Creo que él esperaba que yo mencionara sus canciones más famosas, las que todo el Perú se sabe de memoria (Cuéntame, 1994; Me estoy enamorando, 1996; Los globos del cielo, 1996; Degeneración actual, 1999), pero lo sorprendí cuando le respondí con un par de sus canciones poco conocidas, o caletas como decimos en Lima, (El árbol, 1996; Recuéstame, 2006), que uno solo podía conocer si tenía sus discos. Me pareció extraño que al principio no se acordara de esas canciones, pero al yo tararearlas entonces las recordó y empezó a cantarlas. Fue un momento emocionante que solo duró unos pocos minutos. Sin embargo, aún recuerdo el abrazo que me dio Pedro como si yo hubiese sido más que un fan. Me trató con una cordialidad genuina, con mucho cariño. Desafortunadamente, la foto que mi hermano me tomó con él la perdí con el pasar de los años.
Pero lo volvería a ver por última vez un par de años más tarde gracias a unos amigos, miembros del club de fans de Pedro, en la casa de uno de ellos. Pedro llegó a esa íntima reunión de aproximadamente quince personas con su mánager Robelo. Aquella noche, nos habló sobre el último disco (Amazonas, 2010) que acababa de lanzar y luego a petición nuestra tocó en el piano algunas de sus canciones más emblemáticas. La presidenta de ese club, Vanny Olivos, una chica bajita y muy simpática, le regaló en nombre de todos nosotros una correa de cuero que compramos.
Quién diría que tan solo unos años más tarde, Pedro se retiraría de los escenarios a los 42 años debido a una penosa enfermedad degenerativa que le empezaría robando su voz, lo más preciado para un cantante; y luego quitándole el control de su propio cuerpo, hasta finalmente quitarle la vida a los 54 años.
Fue un gran artista, pero también en su vida privada fue una persona emocionalmente muy sana: un matrimonio estable de casi tres décadas, tres hijos, nunca se drogaba, ni tampoco se emborrachaba, ni nunca se le conocieron escándalos. Siempre tuvo una vida ordenada y nunca fue arrogante a pesar de la fama y éxito que tuvo en Perú.
Su enfermedad y muerte me recuerdan que la vida así como es un milagro también es injusta e impredecible. Pero hasta en esa situación, sus más allegados cuentan que Pedro, como buen cristiano, jamás renegó de su enfermedad. Al contrario, se volvió escritor, columnista, mantuvo el buen humor y aceptó su destino hasta el final. Sin duda, nos dio una gran lección de vida.
Yo hasta ahora no puedo creer que esté muerto, pero seguiré escuchando sus canciones que es la mejor forma de recordar a un cantante porque sé que mientras lo siga escuchando Pedro seguirá vivo.
Sé también que sus canciones lo sobrevivirán a él y a todos nosotros que en algún momento fuimos felices gracias a él.
Londres, 2 de enero de 2024.