Una joven ha entrado al café con su perro de pelo rizado y se ha sentado no muy lejos de donde estoy. No sé quién es, pero su perro es tan rubio y adorable como ella.
La mascota descansa sobre sus muslos mientras contempla a su dueña. Contempla el pan que tiene en su mano y cómo este se va a la boca. Contempla también la otra mano: el dedo índice se desplaza hacia arriba y hacia abajo sobre la pantalla de su celular. A veces el perro mira hacia atrás mientras mueve la cola. Me mira a mí o al loco poeta que está sentado detrás de mí.
Hay algo que admiro en silencio de ese trovador: siempre se acerca a las mujeres guapas que vienen a este café sin temor a que ellas lo rechacen. Bueno, solo he visto una vez que lo rechazaran.
Se acerca para darles los versos que él les ha escrito. No discrimina a ninguna. Algunas son jóvenes y otras ya un poco maduras. Algunas son inglesas y otras extranjeras.
Muchas veces me he dicho en silencio: ojalá pudiera ser yo tan valiente como este demente para poder hablarles a esas ninfas de rostros angelicales, cuerpos irresistibles y, quizá, tan pecadoras como yo, pero aunque hablo más de una lengua con fluidez, muchas veces no sé en realidad qué decir ni cómo empezar una conversación. Lamento no ser valiente o en todo caso no estar tan loco como este liróforo de cafés baratos.
Él no se complica. Se presenta él mismo en un lenguaje simple, conciso y dice muy tranquilo sin miedo:
– Hola, soy poeta y me gustaría dedicarle este poema que he escrito para usted.
Esas mujeres, que vienen a este café, seguramente para trabajar en remoto o desconectar del ajetreo de la ciudad, son tomadas por sorpresa.
Quizá porque en el mundo actual la poesía ha muerto; ya nadie lee poemas, los poetas se extinguieron hace tiempo, o quizá porque el romanticismo es un cuento obsoleto que las millenials y los de la generación Z encuentran cursi e insoportable.
Así que las musas del poeta no saben qué responder, qué decir. No están preparadas para conversar con quien las ha sorprendido. No saben si deben temer por su seguridad que al parecer podría haber sido comprometida por este acosador. Quizá él no sea poeta y se haga pasar por tal con tal de satisfacer sus deseos más oscuros.
Pero al darse cuenta de que este hombre es en realidad un lunático inofensivo, ya no parecen asustadas. Sin embargo, siguen sorprendidas y por eso algunas tartamudean buscando las palabras correctas.
Al no encontrarlas recurren rápidamente a ese repertorio de clichés en inglés que todo el mundo usa cuando lo que exige nuestra atención en realidad no nos interesa en lo absoluto. Entonces dicen con una voz aguda que encuentro irritante:
– “Oh thank you”, “That’s so sweet of you”, “That’s so kind of you”.
Siempre ocurre lo mismo. Cogen el poema, despliegan el folio blanco, lo leen deprisa y vuelven a repetir esas palabras vacías, sobrecargadas de afecto, entusiasmo, alargando o repitiendo los adverbios:
– Oh that’s soooo sweet of you. Oh that’s soooo kind of you. Oh that’s soooo lovely. Thank you. I really like it”. “I really really do”.
A mí me suenan un poco falsas, compasivas pero no genuinas. Está claro que esas odas no les han tocado el corazón. Tal vez nunca han leído un poema. Ya nadie lee a los poetas, la poesía ha muerto como han muerto los intelectuales.
Quizá piensen ellas que quien está de pie a su lado no sea un acosador ni un poeta sino un poetastro, un coplista, pero prefieren guardarse su honestidad y seguir siendo muy inglesas.
El tipo, que siempre lleva corbata y zapatos de vestir, no parece comprender el mensaje oculto de esas frases vacuas. Es verdad que habla un inglés perfecto, pero no parece entender el lenguaje de los británicos que cuando dicen una cosa en realidad quieren comunicar lo opuesto.
Así que el poeta parece feliz, satisfecho, su ego aumenta y les agradece por esas ‘dulces’ palabras. No puedo decir si de verdad les cree todo lo que dicen, pero nada parece molestarle.
Luego, regresa a su sillón para continuar pensando en las musarañas hasta que otra joven entra al café y capta su atención. He visto la misma escena muchas veces. Podría imitarlo si fuera valiente, si la belleza femenina no me intimidase.
Después de todo no es que sea vanidoso, ni narcisista, aunque quizá puede que todo eso sea, pero al menos loco no estoy y, aunque también esto vaya a sonar pedante y engreído, soy más apuesto que ese pobre coplero calvo y barrigón, pero ni aún así me atrevo.
La joven que entró hace una hora con su perro sigue ahí; no se ha ido. Ahora lee Mujercitas aunque ella ya es un mujerón; un libro que últimamente veo por todos lados, en muchos escaparates de librerías, en el subterráneo, pero que no he leído.
El sándwich que comía ya no está, ya se lo comió. El dedo índice de su mano derecha, que antes tocaba la pantalla de su celular, ahora se desliza lentamente hacia abajo sobre la página de ese libro de tapa dura que intenta leer, pero con poco éxito.
Observo que su capacidad de concentración es corta; tan corta como la juventud, tan corta como su reloj biológico y tan corta como la cola de su perro: cada diez o quince minutos, o a veces cada vez que ese aparatito vibra, mira su celular; se entretiene con él y se olvida de leer ese clásico de la literatura feminista.
No sé lo que ve, no lo puedo ver desde aquí, pero como todo ciudadano del siglo XXI, lo intuyo. Su pulgar diestro se desliza hacia la derecha o a veces hacia la izquierda, más hacia la izquierda. Su perro sigue moviendo el rabo pequeño, también hacia la derecha y hacia la izquierda, contemplándola sin que ella se asuste. El poeta no se ha acercado.
Quizá no se olvida de la mujer que lo rechazó el otro día cuando él, muy seguro de sí mismo y muy seguro de que iba a ser una vez más halagado, se le acercó para dedicarle uno de sus versos.
– Oh please, I’m working. Leave me alone, will you?, le dijo aquella dama de rasgos eslavos sin siquiera mirarlo mientras escribía en su ordenador.
Yo, que tiendo a ser malvado y a reírme de las desgracias ajenas, lancé una risita silenciosa, pero hubiese preferido reírme a carcajadas para ser honesto. No fui el único. Todos los clientes nos miramos de una forma cómplice y nos reímos en silencio.
Sus mofletes lo traicionaron, se desparramaron hacia abajo y quedaron como los senos de una vieja. No dijo nada. Se quedó sin palabras, sin verso, de inmediato se dio la vuelta y se retiró a su asiento humillado y despreciado.
Mientras el perro sigue contemplando a su dueña que está cautivada con su celular, reconozco que en algún momento me volví un neoludita.
En el mundo actual, el libro se ha vuelto un mero objeto pretencioso al que solo se saca a pasear como se saca a un perro. La lectura comprometida ha muerto como han muerto los poetas y los intelectuales.
Ya no leemos para descubrir qué piensan los intelectuales, ya no los buscamos para que con su perspicacia nos guíen en esta abrumante vida. Los homo sapiens han muerto. Es la era de los homo visuals.
En todo esto cavilo cuando de pronto la joven guarda el libro en su bolso y pone al perro en el suelo. Luego se pone de pie. Las migajas de pan, que yacían en sus vaqueros, caen y se entierran en el pelaje de su mascota. Algunas aterrizan en el parqué.
Entonces se va y yo la sigo con los ojos sin que se percate de que la miro hasta que abre la puerta y desaparece. Su asiento ahora está vacío, pero todavía preserva la silueta de sus nalgas que poco a poco va desvaneciéndose. Pero ese vacío durará poco.
Una hora más tarde mientras continúo leyendo y perdiendo el tiempo como ese gallardo y humillado poeta, una flor joven, esta vez sin mascota, pero con un diminuto y brillante arete en la nariz, entra, pide algo para tomar y se sienta donde estaba sentada la otra señorita con su perro.
Una vez sentada, pone un libro que no conozco sobre la mesa y se pone a jugar con su teléfono. Se le ve muy entretenida.
El poeta al darse cuenta de su presencia se ha vuelto a poner de pie y va a su encuentro.
Londres – Praga
Febrero de 2024