Los conquistadores españoles, aunque murieron hace medio siglo, todavía son motivo de titulares en la prensa hispanohablante. Hombres como Hernán Cortés y Francisco Pizarro, que antaño eran admirados por su valentía por sus contemporáneos, hoy son recordados solo como seres crueles y despreciables al igual que Cristóbal Colón.
No sorprende entonces que sus estatuas hayan sido removidas o derrumbadas a lo largo del continente americano en los últimos años, incluso décadas. Sin embargo, la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, fundador de Lima, capital del Perú, el 18 de enero de 1535, un día como hoy, ha sido repuesta recientemente en el corazón de la ciudad, de donde fue removida en 2003 por un ex alcalde de Lima, para celebrar sus 490 años de fundación.
Sé que la decisión del actual burgomaestre limeño de haber devuelto la estatua de Pizarro a la Plaza Mayor de Lima ha sido controversial y mal vista por muchos. Es muy fácil entender por qué. La historia que se enseña en mi país sostiene que los españoles solo fueron a América para robarse el oro y que fueron responsables del genocidio de los pueblos indígenas. Pero ¿fue de verdad así?
El libro Conquistadores – Una nueva historia (2022) del historiador mexicano Fernando Cervantes, profesor de la Universidad de Bristol, Reino Unido, pone en tela de juicio esa visión estereotipada y caricaturesca de aquellos hombres y de nuestro pasado con España. Me ha parecido muy educativo y, sobre todo, pertinente leerlo justo ahora que uno de los hombres más controvertidos de la Conquista de América, como Pizarro, ha regresado a los titulares y al debate de su legado en el Perú.
Aunque es un libro de historia, Cervantes usa un lenguaje accesible para el que no es historiador. Al final de cada capítulo uno se queda intrigado por querer saber más. De las casi 500 páginas que tiene la versión inglesa —la versión que he leído yo— aproximadamente 100 son de pura bibliografía que van desde diarios, cartas, crónicas, biografías, epopeyas y tratados producidos por los propios conquistadores, sus detractores y defensores. Sin dulcificar lo que fue la Conquista de América, los argumentos que presenta Cervantes van a contracorriente de ese mito persistente que solo ve en la historia de España nada más que crueldad e intolerancia religiosa. Creo que vale la pena leerlo porque está claro que en América Latina nos han contado la historia mal.

Para Cervantes, ese mito de crueldad española que persiste hasta nuestros días tuvo su origen en la Reforma protestante hace cinco siglos en contra del Imperio español que se conviritó en la potencia mundial de los siglos XVI y XVII. Esa propaganda encontró en la innovadora imprenta la forma más oportuna y más exitosa para esparcir por toda Europa bulos, calumnias y medias verdades que deshumanizaban a los españoles, entre ellos, a los conquistadores, cuyas atrocidades en contra de los indígenas fueron la mejor prueba para sustentar la infame leyenda negra en contra de España.. ¿Significa eso que los conquistadores fueron unos santos ángeles con los indígenas? En absoluto.
Explica Cervantes que la aversión actual a los conquistadores es comprensible, pero esa visión peca a la vez de estrecha al no tomar en cuenta el contexto religioso y cultural de las últimas décadas de la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna que influenciaron mucho en la manera de pensar y actuar de esos hombres. En ese mundo todavía existía la esclavitud; la política y la religión iban de la mano; las fronteras territoriales no estaban definidas como lo están ahora porque el concepto estado-nación aún no existía. Los libros de viajes y las novelas de caballería, que contaban historias de caballeros que batallaban en el mar, conquistaban islas exóticas y derrotaban monstruos gigantes, gozaban de mucha popularidad en Europa. Los conquistadores estaban llenos de esas aventuras y querían por lo tanto emular a esos caballeros. En el plano político, los reyes católicos Fernando e Isabel acababan de reconquistar Granada en enero de 1492. Y por si fuera poco, en ese mismo año Cristóbal Colón, con el apoyo de estos reyes, descubrió América de pura casualidad aun cuando él se murió pensando que había llegado a la China.
Si hay algo que resaltar del libro de Cervantes es que, aunque tiene una visión más comprensible y realista de estos hombres, no oculta para nada sus excesos, sino que nos explica por qué actuaron así y además nos demuestra las correcciones que la Corona Española implementó para que no volvieran a ocurrir. Por ejemplo, aunque es cierto que Colón esclavizó indios, también es cierto que la esclavitud era una práctica bien extendida en aquellos tiempos. Sin embargo, la reina Isabel no se lo permitió porque quería que los indios fueran vasallos libres. En consecuencia, Colón perdió la confianza de los reyes católicos, estuvo preso y se le prohibió regresar a la Española (actual Haití). Por último, murió desprestigiado.
Las conquistas de Tenochtitlan (hoy Ciudad de México) en 1521 y de Cusco, capital del Imperio inca, en 1533 también deben ser vistas en su contexto histórico. Hernán Cortés, Francisco Pizarro y muchos más eran hidalgos, es decir, la nobleza española de rango inferior que para encontrar riquezas, reconocimiento y gloria recurría a las armas y a las conquistas si era necesario, pero también a las alianzas. Es importante preguntarse: ¿Cómo es posible que un ejército pequeño de españoles haya podido derrotar al Imperio mexica y al Imperio inca en sus propios territorios? Ese ocaso solo fue posible en gran medida a las coaliciones con los pueblos indígenas enemigos de los mexicas y los incas. Cortés contó con los tlaxcaltecas para derrotar a los mexicas y Pizarro, con 5,000 indígenas aliados para derrotar a los incas en la toma de Cusco.
Es verdad que la Conquista de América fue sangrienta y que estuvo llena de excesos, pero la crueldad no fue el modus operandi de la Monarquía Hispánica en América durante los tres siglos que estuvo ahí. El desplome drástico de la población indígena no se debió a un genocidio como se piensa, sino en gran parte a la falta de defensas para combatir los virus y las enfermedades que llevaron los españoles y que las transmitieron sin querer.
Al leer el libro uno verá que la conquista estuvo llena de luces y sombras, y no solo de sombras como todavía se cree en países como el mío. El Imperio español contó también con órdenes religiosas cuyos miembros denunciaron los excesos de los conquistadores. El más conocido fue el fraile Bartolomé de Las Casas cuyas denuncias buscaron no desprestigiar al Imperio español, sino reformas que pusieran fin a los abusos. Sin embargo, sus denuncias estuvieron llenas de exageraciones para captar la atención de los reyes y, sin que él se lo propusiera, sirvieron de material para los protestantes quienes usaron esas diatribas para desprestigiar ya no solo a los conquistadores sino a todo el imperio. Uno menos conocido que Las Casas, pero quizá más importante que él, fue Francisco de Vitoria, un teólogo de la Universidad de Salamanca y consejero de los reyes, quien denunció en 1534 con argumentos teológicos y filosóficos que la corona no tenía derecho a invadir las Indias ni a asesinar a sus habitantes por diferencias religiosas y que la evangelización de los indígenas debía ser voluntaria, entre otras cosas.
Ninguna de esas denuncias cayó en saco roto. Las denuncias de Las Casas llevaron a la promulgación de Las Leyes de Burgos (1512) que otorgaron derechos a los indígenas —incluso a las mujeres— y prohibieron la esclavitud de ambos. Unas décadas más tarde, Carlos V promulgó Las Nuevas Leyes (1542) que limitaron esta vez el poder de los conquistadores y sus derechos hereditarios de propiedad estipulando que los reinos de Nueva España (México) y Perú funcionarían como virreinatos autónomos —no colonias como se cree en la actualidad— administrados por un virrey bajo la égida de la Corona Española. Felipe II en 1573 fue incluso más allá al reemplazar las conquistas armadas por la pacificación de las Indias que la llevarían a cabo los misioneros.
Si bien es cierto que la avaricia por el oro pudo más en muchos colonos, la copiosa bibliografía que usa Cervantes demuestra que el sentido de la conquista no fue el de saquear América ni de exterminar a su población nativa, sino construir una civilización hispánica de ultramar entre españoles e indígenas creando un mestizaje, promovido por los mismos reyes católicos, que permitiese extender el mundo hispánico a través de la evangelización y la civilización de las poblaciones nativas. Los virreinatos que creó España en América Latina se convirtieron en poco tiempo en zonas prósperas, según el testimonio de viajeros europeos como Alexander von Humdoldt y Francesco Gemelli Careri que veían más prosperidad en el virreinato de Nueva España que en Nueva York además de los cientos de iglesias, colegios y conventos construidos por los españoles para cumplir con su labor civilizadora, que entre muchas otras cosas más, puso fin a las prácticas salvajes como la antropofagia y los sacrificios humanos practicados en América antes de su llegada.
Creo al igual que Cervantes que la actitud actual hacia los conquistadores necesita ser revisada. Sus errores o excesos no deberían obnubilar lo que también fueron: hombres aventureros, aguerridos, valientes y osados para, primero, navegar por meses en bergantines mal equipados y, luego, cruzar a pie y en el mejor de los casos a caballo densas selvas, ríos caudalosos, desiertos inhóspitos y deslumbrantes cadenas montañosas arriesgando la vida. Sobre todo, sus errores no deberían usarse como justificación para despreciar los logros de la civilización creada por sus descendientes y el legado que nos dejaron.
Quizá ahora que Francisco Pizarro ha regresado a la Lima que lo quiso olvidar, entendamos que, con sus claros y oscuros, él es parte de la historia del Perú y que él así como los otros conquistadores fueron al fin y al cabo hijos de su tiempo.
Londres, 18 de enero de 2025