Un guante negro.
Un guante negro en el suelo.
Solitario en la estación Vauxhall.
Era de cuero.
Tenía los dedos estirados, arrugados, parecía la mano de un hombre,
de un hombre moribundo,
de un hombre pisoteado,
de un hombre envejecido.
Pedía a gritos que no lo pisaran más, decenas de calzados lo rodeaban,
calzados que venían del norte y del sur,
pero los transeúntes lo ignoraban.
Pedía con desesperación que no lo dejaran hundirse, pero todos ahí le hacían oídos sordos.
Todos los ignoraban y cuando lo veían ahí en el suelo, todos los bordeaban y lo miraban con desdén.
El guante seguía pidiendo que lo salvaran, pero el ruido infernal del tren que llegaba opacaba sus gritos.
Su llanto era como el llanto de una mujer enamorada que ya ha perdido las esperanzas de ser amada.
Yo también lo vi ahí naufragando solo en el suelo, pero confieso que no me importó verlo sufrir.
No era la primera vez que veía un objeto tirado en el suelo.
Lo cierto es que en la ciudad de Dickens es común ver incluso seres humanos
durmiendo a la intemperie en pleno invierno.
Confieso también que cuando lo vi, no sentí nada cuando pasé por su lado.
Seguí caminando indiferente aún cuando escuchaba sus gritos desgarradores.
Sin embargo, mientras esperaba el tren me quedé pensando en él,
en la mano que lo conocía por dentro, en esa misma mano que ahora lo había abandonado,
y de tanto en tanto giraba para verlo. No hacía nada para salvarlo.
Lo escuchaba, mi corazón se encogía, sentía su dolor como si fuera el mío, pero ni así hice algo para aliviar su sufrimiento.
Solo lo oía gritar, padecer frío e indiferencia mientras oía también el ruido demoníaco de los trenes que salían del infierno y regresaban al infierno.
Eran como los demonios que gritan en la oscuridad y perturban mis horas de sueño, como ángeles llenos de una lujuria reprimida.
Cuando esas voces estridentes se perdieron en el fondo de la tierra, giré decidido para ir a salvarlo, me compadecí al final, se me caían las lágrimas, pero el guante ya no estaba.
Londres, febrero de 2025