El orejón

El orejón se despierta muy temprano mientras el sol y las nubes aún siguen escondidas. A oscuras, pues no quiere despertar a su hijo, arrastra sus pantuflas hacia la cuna y con esfuerzo puede ver que duerme muy tranquilo.

Camina con sueño hacia la ducha, pero un buen duchazo le quita de un porrazo las legañas y esos largos bostezos. Se alista rápidamente, mastica un pedazo de pan y toma un vaso de leche mientras busca su llavero. Le da un beso a su hijo que ni lo siente. Al pequeño nada le quita el sueño.

El orejón sale corriendo. Camina de prisa por esas calles llenas de una neblina espesa y fría por donde deambulan algunos perros desamparados hasta llegar al paradero. No espera mucho y toma el micro. Viaja apretado e incómodo, una mochila lo aplasta y lo empuja a la ventana y le enmaraña el pelo. Se enoja pero se controla. Su paciencia es digna de ejemplo.

El orejón se baja en un puente sucio, descolorido, maltratado, atiborrado de basura y de pasajeros desesperados que se empujan entre sí sin el más mínimo respeto. Toma, ahora, una combi que corre a cien por hora sin control y lo deja rápidamente en su trabajo. Después de todo, como siempre, llega sin contratiempos.

Durante el día, el orejón contesta y hace llamadas, recibe pedidos, escucha reclamos sin sentido, escribe correos, se aguanta los insultos de los clientes estresados, y hasta los gritos y maltratos de su jefe cascarrabias. Se aburre de estar sentado, otra vez le duele la espalda, esa lumbalgia, que padece desde joven ha empeorado.

En su refrigerio, el orejón come solo, no quiere hablar con nadie. Está harto de su trabajo. Aprovecha en revisar su correo y mirar el álbum familiar de fotos. Extraña la inocencia de la niñez, y echa de menos esos videojuegos que tantas victorias le dieron cuando jugaba con sus hermanos y amigos. Siempre fue hábil para armar y desarmar piezas de Playgo. Pateaba muy bien la pelota a pesar de tener los pies chuecos. Leía y era muy estudioso. En casa y en el colegio era, por todos, conocido como un cerebrito. El chancón de la familia. 

La hora de refrigerio ha terminado y de tanto añorar el pasado se da cuenta de que apenas ha probado su almuerzo. Regresa a la oficina. Le da flojera y siente mucho sueño pero solo un motivo lo mantiene despierto: acabar el día para ver a su hijo que, seguro después de jugar, debe estar en su cuna durmiendo.

En el micro de regreso el orejón, mientras va escuchando música, cavila muchos pensamientos. Lo abruman muchas inquietudes. Le aterraba ser padre, lloró al saberlo, se fue a la playa por unos días a ver cómo organizaba su vida. Ser papá no es nada fácil y mucho menos en estos tiempos, dice en silencio. A veces ya no aguanta, se toca los bolsillos, las pocas monedas le hacen perder las esperanzas; camina desde el paradero a casa cabizbajo, con un pedazo de su camisa fuera del pantalón, sabiendo que mañana y mañana se repetirá, Dios sabe hasta cuándo, la misma historia.

Entra sin hacer ruido. Lo ve de espaldas, gateando, balbuceando, ya no le tiemblan sus piernecitas. Atrás va la abuela recogiendo los cojines que él va botando al suelo. El orejón corre y lo carga. El bebé lo ve y sonríe como saben sonreír solo los bebés. Sus angustias y preocupaciones se desvanecen, se esfuman. Tiene la felicidad en sus manos. Y sabe que no hay nada mejor que eso.

Se ponen a correr en la sala. El orejón se esconde detrás del sofá pero sus tremendas orejas lo delatan y el pequeñito se le lanza encima. Rendido, el orejón se tira al suelo y ahí, entre sus brazos, juega con él como si fuera un niño más, como si fueran dos entrañables amigos, como si fueran dos hermanos pequeños. El orejón hace de caballito y lo pasea sin que esta vez le cause dolor su espalda, y así su hijo lo cabalga hasta la cocina. Luego el orejón lo vuelve a tomar en sus brazos y lo hace volar como si fuera Superman por toda la casa. Los dos conversan en un lenguaje lleno de diminutivos y balbuceos que trasladan al pasado a la abuela, que los mira desde el sofá. Hace muchos años, era el orejón quien gateaba, corría, saltaba y cabalgaba así sobre la espalda de su papá.

Así termina el día, después de cenar y escuchar un poco de música instrumental, el pequeño se duerme y el orejón aprovecha en darle gracias a Dios por haberle dado un hermoso regalo. Aunque difícil y pesada sea la responsabilidad, una sonrisa de ese párvulo es suficiente motivo para aclararle el norte y así poder continuar esta vida difícil que le ha tocado vivir.

Lima, 2011

Editado en Londres, julio 2026.

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