Tardes en el Bósforo

Lo que más recuerdo y echo de menos de mi primer viaje a Estambul es mirar el Bósforo desde el bar donde me sentaba a descansar al final del día.

Vista del Bósforo desde un transbordador local.

Llegué a Estambul un domingo por la noche, después de pasar una semana recorriendo el norte de Inglaterra en abril pasado. Primero fui a York, donde llovió y hubo mucho viento. Luego, fui a Whitby, la ciudad que sirvió de inspiración a Bram Stoker para escribir Drácula. Ahí hizo un sol magnífico. Pensé entonces que, cuando hace buen tiempo, Inglaterra puede ser un país hermoso. Sin embargo, lo mejor aún estaba por venir. Y lo mejor era, pues, mi viaje a Estambul.

El deseo de ir a Estambul surgió hace mucho cuando ya vivía en Londres. Recuerdo que un día hace 13 años saqué de la biblioteca una novela cuyo título captó mi atención. Fue así como descubrí El Museo de la inocencia de Orhan Pamuk, de quien hasta entonces no había leído nada. En aquel entonces no terminé de leer la novela, no recuerdo por qué la verdad, pero leí lo suficiente como para nunca olvidar la obsesiva historia de amor entre Kemal y su prima lejana Füsun en el Estambul de los años setenta hasta que ella un día lo deja.

Desde aquel entonces se me metió en la cabeza la idea de ir a Estambul, pero por varias razones, una de ellas, el Covid, no pude. Quería conocer esta ciudad y sobre todo visitar el Museo de la Inocencia que aparte de ser una novela es también un museo de verdad. Estaba convencido de que aunque la ciudad se ha vuelto muy turística, aún quedaban lugares como los descritos en la novela. El viaje me llevó a releerla y esta vez a terminarla.

Como todo turista o viajero (siempre intento ser más que todo lo segundo) aproveché al máximo no solo ver los lugares más emblemáticos de la ciudad; sino también caminar por los lugares menos turísticos. Así que lo primero que hice al llegar a mi hotel, ubicado en Fatih, uno de los distritos antiguos de la ciudad, fue caminar por los alrededores y alejarme de los turistas. Merodeé sin rumbo por las calles viejas de Estambul mezclándome un poco con la gente local y descubriendo el espíritu de la ciudad. Este es el mismo barrio antiguo donde Kemal se hospeda para continuar con su búsqueda de Füsun, a quien no puede encontrar.

No es la primera vez que visito los lugares donde transcurre una novela, pero empezar por esa parte de Estambul fue una experiencia única; una forma de darle vida a lo que solo conocía a través de la ficción. Caminar por las calles estrechas, adoquinadas y alumbradas con esas luces tenues de neón por donde transitó el mismo Kemal fue como vivir otra vida por un momento. Algunas de estas calles iban cuesta arriba, otras, cuesta abajo, muchas de ellas eran ordinarias, en algunas la pobreza era evidente. Todo esto lo encontré auténtico. Mis caminatas me dejaron la impresión de que los estambulitas viven más volcados hacia el presente que hacia la nostalgia imperial. No viven una vida frenética y prefieren, más bien, disfrutar de una vida más pausada: pasear a orillas del Bósforo, sentarse en la terraza de un café que da al Bósforo, pescar en el puente de Galata mientras ven el Bósforo, o darles de comer a los gatos que deambulan por doquier en Estambul. Estambul es una ciudad donde la pobreza se mezcla con la opulencia y elegancia de mezquitas y palacios majestuosos que atraen a tantos turistas que llegan en crucero o en avión, pero eso parece no molestarles. Son gente muy simpática, afable, y tratan bien al turista o viajero interesado en su cultura.

La Columna de Constantino en el barrio de Çemberlitaş.

Aunque hay infinidad de cosas por ver ahí, yo fui a mi ritmo. Sabía que en cuatro días iba a resultarme imposible ver todo lo que Estambul ofrece. Sacrifiqué muchos lugares porque simplemente no iba a tener tiempo y porque, además, algunos se han vuelto ridículamente caros. Para entrar al Palacio Topkapi hay que pagar nada menos que 59 euros (¡una barbaridad!). Llevé conmigo el libro Strolling Through Instanbul de Hilary Sumner-Boyd y John Freely, el cual me ayudó a planificar mi viaje. Sin este libro, que es más que una simple guía, hubiese encontrado muy abrumador pasear por Estambul. No habría sabido por dónde empezar.

Por donde uno camine en Estambul uno respira historia y por donde uno rebusque encuentra vestigios y capas de civilizaciones. Uno tiene la sensación de caminar por varias ciudades al mismo tiempo. A veces me bastaba levantar la vista para encontrarme con una muralla bizantina, una mezquita otomana o una columna romana. Ningún lugar me impresionó tanto como la Santa Sofía. Pasé mucho tiempo contemplándola y tratando de imaginar los siglos que encierra su enorme cúpula. Primero, fue la gran catedral de Constantinopla; después una mezquita. Ahí se resume la historia de Estambul mejor que en cualquier otro libro: el encuentro de dos civilizaciones, Occidente y Oriente, entre el cristianismo y el islam. Las otras mezquitas que visité como la Mezquita de Süleyman, la Mezquita del Sultán Ahmet (más conocida como la Mezquita Azul), y la Mezquita del Sultán Beyazit me parecieron espléndidas y maravillosas obras de arquitectura otomana, pero ninguna me produjo la misma sensación que la Santa Sofía. Algo similar sentí al pasar junto a la Columna de Constantino, símbolo de la fundación de Constantinopla en 330 d. C., o al visitar la fundación Çelik Gülersoy, donde descubrí mapas, grabados y libros que me ayudaron a imaginar el Estambul de los Otomanos.

En la plaza Beyazit observé que el caos y confusión también forman parte del encanto de esta histórica ciudad. El ruido del tranvía, motocicletas, patinetes eléctricos, coches y el llamado a la oración eran la banda sonora de los transeúntes que se dirigían a todos los rincones de la ciudad. Algunos iban hacia el Gran Bazaar, otros hacia la Santa Sofía y otros hacia la universidad de Estambul. Observaba la belleza de las turcas con respeto y disimulo y buscaba en sus rostros el rostro delicado y armonioso de Füsun. En ese mismo lugar mientras bebía un poco de agua para soportar el calor de abril, recordé que hacía algunos años había leído un cuento del gran escritor turco Sait Faik Abasiyanik que transcurre en los alrededores de la plaza Beyazit. El narrador anónimo espera a su amada que nunca llega y mientras tanto para superar la tristeza se distrae conversando con una pareja turca que visita Estambul. Un cuento simple, pero lleno de melancolía, como las páginas de la novela de Orhan Pamuk que me habían llevado a Estambul.

El Museo de la inocencia ubicado en el distrito de Beyoğlu, Estambul.
Interiores del Museo de la inocencia.

Cuando llegué al Museo de la Inocencia lamenté no llevar conmigo un ejemplar de la novela, con el cual habría podido entrar gratis. Aquella mañana llovía y yo no llevaba ropa adecuada para la lluvia, pero eso me importaba poco. Descendía por la calle Çukurcuma como lo había hecho Kemal durante ocho años cuando visitaba a Füsun y a su familia. Una vez dentro encontré a personas como yo: turcos y extranjeros que comparaban el libro con los objetos expuestos y guardaban un silencio parecido al que se respira en la Santa Sofía. Fue como pertenecer a una gran familia cuyos miembros se entendían sin decirse una palabra y sin conocer siquiera sus nombres. Recorrer el museo vitrina por vitrina era la mejor forma de acercarse a esa obsesiva historia de amor de Kemal y Füsun. Allí vi las 4,213 colillas de cigarrillos, que según la novela, fumó Füsun, además de fotografías, objetos cotidianos y citas extraídas del libro. Una de ellas decía: “Fue el mejor momento de mi vida y no lo sabía”, la cual me hizo pensar en mi propia vida, en los momentos felices que a veces no sabemos reconocer cuando los estamos viviendo.  

Mi viaje cruzando el Bósforo hacia Kadiköy fue, parafraseando a Orhan Pamuk en su libro Istanbul, Memories and the city, viajar por el corazón de una ciudad tan grande, histórica, melancólica y sentir, al mismo tiempo, la libertad del mar abierto. Esas aguas, por donde pasaban buques de cargas, petroleros, trasatlánticos y transbordadores locales, parecían muy tranquilas como si fueran aguas de un gran lago o sucesión de lagos, pero como reza el dicho castellano «cuídate de las aguas mansas que de las bravas me libro yo», las del Bósforo son tan impredecibles que sus corrientes y contracorrientes pueden dificultar la navegación. Una vez en Kadiköy caminé hasta Üsküdar nuevamente por las orillas del Bósforo esta vez desde la parte anatolia y llegué hasta el cementerio de Karaca Ahmet, el más grande de Turquía cuyas lápidas tienen diseños muy bellos.

Sin lugar a duda, lo que más echo de menos de mi visita a Estambul es el Bósforo. Es lo mejor que tiene Estambul. Cuando miraba las colinas de Estambul desde el Bósforo, yo todavía podía ver Constantinopla, y eso era emocionante. Todos los días que estuve ahí regresé, como todos los estambulitas, a uno de los bares que se encuentra debajo del puente de Galata. Me sentaba en la terraza, me pedía un té turco y me ponía a observar el Bósforo al atardecer mientras apuntaba mis impresiones del día de manera apresurada. En una de esas visitas, uno de los camareros, aunque sabía muy poco inglés, me preguntó por qué escribía tanto y de dónde era.

—Soy peruano y apunto mis impresiones de Estambul. ¡Hay tanta historia en sus calles! —le respondí.

Otro camarero le tradujo lo que le dije y le dijo además que el Perú era la tierra de los Incas. Entonces me miró sorprendido, repitió el nombre de mi país tres veces mientras me estudiaba el rostro y me hizo una venia de respeto. Luego se fue y apareció unos cinco minutos más tarde con un té turco que puso en mi mesa y me dijo:

—Mister, from Ottoman to Inca! It’s on the house! —se rió, y le pedí que se tomara una foto conmigo, lo cual aceptó.

El otomano y el inca en el Puente de Galata

Luego yo me quedé ahí leyendo, anotando, viendo a los estambulitas pasar y pasear, y sobre todo contemplando las aguas del Bósforo hasta que anocheció. Han pasado algunos meses ya, pero de todas las maravillas que vi en Estambul, mis tardes frente al Bósforo fueron las mejores.

Londres, junio de 2026

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