Moviéndome entre países

Hace unos días juré lealtad al rey Carlos III de Inglaterra. Nunca imaginé que terminaría haciendo eso cuando por muchos años crecí pensando que yo viviría en Nueva York y no en Londres.

Calificaba para obtener la nacionalidad británica desde hace cuatro años, pero honestamente no quería solicitarla. Para ser franco, una vez obtenida la residencia británica permanente, no es necesario naturalizarse británico para vivir legalmente en Inglaterra. Sin embargo, la solicité en diciembre pasado. La razón fue muy simple: simplificar mis viajes y evitarme problemas migratorios en el futuro. En otras palabras fue un acto de precaución. La ultraderecha británica va en aumento y aunque yo creo que no me pasará nada, de todas maneras decidí solicitarla por si las moscas como se suele decir. Solicitarla también ha sido costosa, casi 2,000 libras; otra razón por la que me negaba a hacerlo. Sin embargo, por increíble que parezca, el dolor de pagar esa cantidad solo me duró unas horas. Al día siguiente ya no me importaba.

La ceremonia pública de naturalización, a la que asistí con otras 40 personas que habían obtenido el mismo derecho que yo, fue simple y corta. Veníamos de todos los continentes. Había africanos, asiáticos, pocos europeos y algunos hispanoamericanos como yo. También estaban nuestros invitados que en mi caso fue mi mujer que es polaca. El evento duró más o menos dos horas y tuvo lugar en mi municipio local, Wandsworth. Una vez ahí escuchamos un discurso de bienvenida corto que resumía nuestros derechos y deberes como nuevos ciudadanos del Reino Unido. Luego, nos pusimos de pie, juramos lealtad al monarca británico y después recibimos el certificado de naturalización. Eso fue todo. Yo después de dejar el recinto me empecé a preguntar: Bueno ¿y ahora qué? ¿Significa eso que ya soy británico?

Sin lugar a dudas viajar ahora será mucho más fácil que con mi actual pasaporte peruano. Aunque el pasaporte británico ha perdido el beneficio de la libertad de movimiento dentro de la Unión Europea tras el Brexit, todavía es uno de los pasaportes más poderosos que hay en el mundo. Podré ir a países sin necesidad de tramitar una visa de turista como todavía ocurre con mi pasaporte del Perú. Reingresar al Reino Unido también será a partir de ahora mucho más rápido. Pero, la verdad es que viajar hasta ahora como peruano nunca ha sido un problema sino simplemente burocrático, pesado y a veces estresante. En ningún caso ha sido malo como lo era antes.

En la época de mis padres cuando aún yo era niño el pasaporte peruano despertaba sospechas y estaba sujeto a controles migratorios más estrictos que ahora. Incluso ya de adulto y en la universidad, esos controles seguían presentes. El mal sabor de no obtener una visa lo viví en carne propia cuando la embajada estadounidense me negó una visa de trabajo que me hubiese permitido vivir una temporada en los Estados Unidos. Como muchos peruanos, yo tenía muchas ganas de conocer Nueva York. Sentía que debía ir a esa ciudad porque era la ciudad del progreso, la ciudad que representaba la modernidad; era también la ciudad de las películas, de algunas series de televisión, de algunas canciones fascinantes y sobre todo era la ciudad donde vivía (y todavía vive) mi padre.

Corría el año 1991 cuando el Perú vivía una crisis económica muy aguda y papá se fue a los Estados Unidos. Desde su partida, Nueva York se convirtió para mí en el único lugar al que yo quería ir algún día. Pero había un problema que complicaba realizar ese sueño. Papá era ilegal en ese país. Se había ido con una visa de turista, se quedó más de la cuenta y se convirtió en un sin papeles. Por ende nunca nos pudo llevar con él. Por mucho tiempo mis hermanos y yo crecimos con la ilusión de irnos todos algún día a Nueva York y reunirnos con papá, olvidarnos del malestar y la mala suerte de haber nacido en el lugar equivocado, pero pasaron los años y eso nunca se cumplió.

Mis hermanos, mucho más realistas y pragmáticos que yo, hicieron sus vidas en el Perú y se recuperaron rápidamente de esa desilusión. Comprendieron mejor que yo que las promesas humanas tienen límites y muchas veces nunca se cumplen por más que uno tenga el deseo y la voluntad, y como se dice coloquialmente, pasaron página. Pero yo no. De toda mi familia, el que quizá más albergó ese deseo de salir del Perú fui yo y por eso me puse a estudiar inglés durante el colegio hasta llegar a dominarlo.

Sin embargo, ni ese interés por la lengua inglesa ni el contrato de empleo que conseguí para ir a los Estados Unidos a través de un programa de intercambio cultural fueron suficientes para convencer a la embajada estadounidense. Seguramente los gringos pensaron que yo al igual que mi padre me iba a quedar de ilegal en su país; algo que yo jamás hubiese hecho porque no lo hubiese soportado. Mi contrato era temporal y tenía que regresar a Lima para terminar mis estudios universitarios. Recuerdo que al sentirme rechazado por los gringos, me resigné y dejé de albergar el deseo de irme del Perú. Me parecía imposible.

Pero mi apellido paterno es Pachas, un apellido muy peruano que viene del quechua y que significa “universo, mundo, tiempo”. En mi apellido se encontraba mi destino: vivir moviéndome entre países. El deseo de recorrer y viajar por el mundo, por otros universos todo el tiempo sin límites ni fronteras siguió tan vivo como cuando niño. Además, tenía el ejemplo de mi padre quien vivía fuera del Perú, y de otros familiares que también habían vivido en el extranjero (todos en los Estados Unidos) y sentía que mi destino era hacer lo mismo: irme del Perú.

Siempre me sentí un extranjero en el Perú, nunca me hallé ahí. Siempre tuve poquísimos amigos y fui un tipo solitario, un foráneo en mi propia tierra y por eso el deseo de salir a pesar del rechazo de los gringos nunca desapareció. Al no poder ir ya a los Estados Unidos, decidí entonces buscar otras oportunidades en el otro lado del Atlántico y pensé en Inglaterra, el país de Dickens, de los Beatles, de The Smiths y de los Rolling Stones.

Después de la universidad, trabajé durante varios años en Lima como profesor de inglés en el centro de idiomas británico y estuve expuesto a mucha cultura británica así que decidí hacer mi propio camino y buscar oportunidades para conocer Londres. Primero, quise venir a estudiar aquí una maestría, pero era demasiado caro. Intenté obtener una beca pero no tuve suerte. Luego descubrí que uno podía venir aquí y trabajar como voluntario; así que hice eso y solicité una visa de charity worker en el 2013. Yo pensé que como los gringos me habían negado unos años antes la visa americana, sus primos, los británicos, iban a hacer lo mismo y que mi pasaporte peruano iba a seguir siendo un impedimento para mis viajes.

Para mi fortuna no fue así esta vez. Sin embargo, de todas maneras tuve que rellenar, recuerdo, formularios interminables y demostrar que tenía los medios económicos para viajar. Fue un alivio obtener la visa, pero el escrutinio a mi pasaporte no terminó ahí. Al contrario, a partir de entonces empezarían trámites engorrosos, burocráticos e irritantes sobre todo en mis primeros años en Europa. Una vez ya en Londres uno de los primeros trámites obligatorios que tuve que hacer fue ir a una comisaría a registrar mi pasaporte. El policía inglés, tan blanco como un fantasma, le puso un sello a mi visa, apuntó la dirección donde me hospedaría y la dirección del lugar donde haría mi voluntariado, para, me imagino, tenerme vigilado en caso me fuera a quedar de ilegal.

En mis primeros viajes a la zona Schengen, tuve que solicitar en más de una ocasión visa para poder hacer turismo por España, Alemania o Polonia. Es verdad que nunca tuve problemas en obtener una visa, pero tuve que soportar trámites largos y pesados. Era el precio que había que pagar por no ser europeo, ser ciudadano de un país pobre y poseer un pasaporte dudoso.

Durante esos primeros años también me fui a Rusia a trabajar como profesor de español e inglés con una visa de trabajo. Aún recuerdo mi llegada a Moscú con humor. El funcionario ruso en control de pasaportes sacó una lupa que se pegó al ojo, examinó mi pasaporte que cogió del mostrador, luego me observó con detenimiento y me dijo en un pésimo inglés que yo no me parecía a la persona de la foto. Luego, rascó ligeramente la foto a pesar de que esta era digital. Me observó una vez más y me dijo con la frialdad típica de los moscovitas: You are fat now y selló mi pasaporte. Fue el precio de resultarle exótico. Ahora felizmente los tiempos han cambiado. El pasaporte peruano es biométrico y ya no es necesario solicitar visa para visitar Europa.

Aunque es cierto que la mayor parte del mundo está obligada a pasar por estos trámites migratorios que muchos aceptan sin ningún problema y con paciencia, confieso que a mí  nunca me gustaron no solo porque son engorrosos sino porque más bien sacan a relucir un problema que quizá muchos peruanos tienen: la inseguridad, el miedo al rechazo y a la discriminación. Pero siendo honestos, este es un miedo irracional. Lo cierto es que nunca he tenido problemas serios a la hora de viajar como peruano, solo contratiempos y algunas situaciones incómodas.

Una vez en el aeropuerto Heathrow cuando ya había pasado por control de pasaportes me detuvo un funcionario inglés. Me pidió mi pasaporte y carné biométrico. Miró mis documentos con recelo y sospecha, pero al no encontrar nada raro me dejó ir. Hace unos años también cuando regresaba de Polonia la agente de la aerolínea tiró mi pasaporte al mostrador diciéndome con cara de pocos amigos que ahí no había ningún permiso de residencia para viajar al Reino Unido. Le mostré mi carné biométrico que había caducado y le expliqué que el Gobierno británico después del Brexit los renovaba digitalmente. Dicha agente no me dejó hacer la facturación hasta corroborar todo con el Home Office.

Fue la primera vez que empecé a considerar si debía naturalizarme británico ya que había cumplido suficientes años en Inglaterra como residente para solicitar mi naturalización, pero me negaba. Estaba decepcionado con los ingleses por haberse salido de la Unión Europea y además no quería solicitar una nacionalidad que me costaría un riñón, pero al final la solicité y ahora ya la tengo. 

Ya son trece años desde que salí del Perú y aunque en muchos aspectos sigo siendo peruano a veces me resulta difícil saber de dónde siento que soy. Los pocos amigos europeos que tengo se olvidan que yo vengo del Perú y la verdad es que a veces yo también. Incluso mucha gente en Londres no acierta mi nacionalidad hasta que me lo preguntan. Cuando les digo a mis alumnos de secundaria que soy peruano o que vengo del Perú algunos no saben en qué continente se encuentra mi país o me han respondido: Peru??? Peru??? What is that???

A pesar de estar lejos del Perú yo en muchos aspectos sigo siendo peruano y siempre lo seré, aunque siempre he sido un peruano a mi manera y no un peruano como todos los peruanos. Por ejemplo, no soy muy aficionado a la comida peruana ni al pisco sour ni me interesa el fútbol. Sin embargo, soy peruano cuando leo las noticias del Perú, cuando escucho las canciones de artistas peruanos que escuché en mi adolescencia. También soy peruano cuando releo en particular a Vallejo, a Vargas Llosa, a Arguedas, a Bryce Echenique o Ribeyro, escritores que en lo particular a mí me hacen sentirme acompañado en mi exilio voluntario, pero también orgulloso de ser peruano y de saber que mi país ha sido capaz de producir buena literatura y que en ese aspecto no tenemos nada que envidiarles a los ingleses, franceses o estadounidenses. Pero también soy peruano cuando, mientras sueño, recuerdo mis años de infancia y adolescencia en el barrio Surquillo y me doy cuenta de que aquellos años, aunque difíciles, fueron los más felices. Como todo peruano que ama el mar y las costas del Pacífico tiendo a la melancolía. 

Sin embargo, también es cierto que nunca sentí que encajaba en mi país mientras viví ahí. No recuerdo sentirme así durante la infancia, pero recuerdo que durante la secundaria, la universidad, mis primeros trabajos, vivir en Lima siempre fue para mí como vivir en un país extranjero. Nunca fui de tener muchos amigos ni de andar en grupos y cuando integré alguno siempre fue por poco tiempo porque siempre preferí un contacto más íntimo: quedar con una sola persona en vez de varias a la vez era y es mucho más interesante. Por eso nunca me dolió irme de mi país.

Ningún lugar de la tierra es perfecto y the grass is always greener on the other side, como dicen los ingleses, pero creo que Londres es la ciudad perfecta para el extranjero, como quizá también lo sean París, Madrid o Nueva York. Aquí uno se da cuenta de que la gente, sin importar de donde venga, es la misma. Todos tenemos los mismos problemas y todos queremos ser felices a final de cuentas. Tras muchos años aquí en Londres he descubierto que el carácter inglés es similar al mío. Soy a veces retraído como ellos, soy de pocas palabras y como muchos londinenses que vienen de otras partes del mundo, soy tan extranjero como ellos.

Ya que ahora soy británico, aunque sea en papeles, una de las primeras cosas que haré, una vez me den el pasaporte, será ejercer la libertad que tiene todo británico a la hora de viajar y visitaré Nueva York. Cuando llegue al aeropuerto JFK y pase por control de pasaportes seguramente pensaré: Vaya, después de tantos años y tanta espera, finalmente he llegado.

Londres, mayo del 2026

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