Hace dos meses, aprovechando que hacía un sol precioso, salí a caminar por el centro de Oxford en mi día libre. Había ido a trabajar a esa ciudad durante todo el mes de julio como profesor de inglés en un campamento de verano que se llevó a cabo en St Edward’s School, en Summertown. Desde St Edward’s caminé unos veinte minutos escuchando mis canciones favoritas hasta llegar a Cornmarket Street. Escuchar esas canciones siempre me da una ráfaga de felicidad que nadie más que yo puede entender en realidad. Cuando llegué a la esquina con Ship Street vi a un busker que tocaba la guitarra. Estaba sentado en una silla bajo la sombra que daba un árbol y la pared de la iglesia St Michael at the North Gate.

Seguí caminando porque en el centro de Oxford, como en el centro de Londres, uno siempre ve buskers talentosos, músicos profesionales y entonces ya no es novedad. Sin embargo, cuando lo dejé atrás mis oídos reconocieron la canción que tocaba. Aminoré el paso para confirmar si de verdad era o no la canción que yo creía que era. Y en efecto, era esa canción. Entonces saqué una moneda de mi billetera, giré y la puse en el estuche de su guitarra que yacía en el suelo junto a otras monedas.
—Thanks, le dije. It’s a beautiful melody.
—Thanks, respondió y siguió tocando sin perder la concentración, acostumbrado seguramente a los cumplidos de las transeúntes de Oxford.
—It’s by Christopher Cross, continué.
—Yeah, you got it, respondió.
—Yeah, it’s Arthur’s Theme, agregué.
—Yeah, that’s right. Entonces dejó de tocar, se rascó la cabeza y dijo:
—It’s not very common these days, I’m afraid.
Le dije que me encantaba esa canción y que el intro de piano era uno de mis favoritos.
—Oh yeah? Burt Bacharach composed it.
—Yeah, that’s right. Burt Bacharach, a great composer.
—Yeah, he’s brilliant. Well, he was coz he passed away already some years ago.
Le seguí contando que desde que era niño siempre me había gustado esa canción y que siempre la escuchaba porque siempre regreso a mis canciones favoritas.
—Oh yeah?
—Yeah, I like the lyrics too. Y entonces le dije la parte de la letra que más me gusta.
—Which one? me preguntó.
—This bit that says: «If you get caught between the moon and New York City, the best that you can do is fall in love».
— Yeah, that’s a good one. Luego me dijo que solo la tocaba y no la cantaba, pero que quizá debería cantarla.
—Yeah, you should. It’s a beautiful composition, le dije y le agradecí por tocarla.
—You’re welcome.
—I saw you playing it, I heard the guitar but kept walking. I crossed the road and then I recognised the strings and I knew it was Cross’s song.
—I’ve changed it a bit, it’s my own arrangement.
—It sounds brilliant to me. You’re a very good guitarist. Thank you once again.
—Thank you for appreciating my art, me dijo y entonces retomé mi camino.
Seguí caminando despacio por Cornmarket Street mientras el busker seguía tocando esa canción y yo la tarareaba. Tarareaba ese extracto que me gustaba mucho y recordaba que una de mis ilusiones de niño había sido visitiar Nueva York y las Torres Gemelas y pensé que, aunque todavía podía cumplir el sueño de visitar Nueva York, el de contemplar las Torres Gemelas ya nunca más podría hacerse realidad tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Los arreglos de la guitarra no se alejaban, seguían ahí y no se perdían en medio del ruido que había en esa calle concurrida por donde transitaban ingleses, turistas y decenas de estudiantes de inglés procedentes de varias partes del mundo.
De pronto cuando di unos pasos más allá el busker dejó de tocar la canción, pero yo seguí tarareándola.
Aquel fue un día precioso.
Londres, septiembre de 2026