Anemoia y melomanía de madrugada

Francisco conectó los cascos al teléfono por Bluetooth. Buscó en YouTube, como quien busca un calmante, una canción que escuchó en bucle durante todo el viaje. Quiso saber algo más sobre aquel compositor que le resultaba desconocido, pero en YouTube solo encontró sus canciones. El mundo ha cambiado. Ahora imperan las playlists, aunque los vinilos están resucitando, pensó.

La canción sonaba espectacular. Era una madrugada ordinaria y rutinaria, y por qué no decirlo, solitaria, como tantas otras. Sin embargo, en ese instante se mezclaban en simultáneo la felicidad y la melancolía. Para él, la música era la droga perfecta para desconectar y viajar a otra época. Cada nota de esa canción le abría una puerta a un tiempo que en realidad nunca había vivido, pero que añoraba como si lo hubiese vivido. Escuchó la canción una y otra vez, sans relâche, prestando atención a cada instrumento.

Primero, el piano acústico introdujo el tema. Después entraron el bajo, la batería, la percusión y las cuerdas. Una sensación de frescura parecida al que solo da la lluvia se apoderó de todo su cuerpo. Los hombros y la cabeza empezaron a moverse al ritmo del bajo que sonaba grueso, redondo y tremendamente pegadizo:

Pum — pum pum — pum pum pum — pum pum — pum pum pum — pum pum …

Le entraron ganas de bailar. Se imaginó bailando mientras iba sentado, observando la ciudad por la ventana. La música mejoró su ánimo. Entonces entró el coro de mujeres, como si sus voces vinieran desde lejos, desde las nubes. Le daban a la canción un aire celestial. Todo eso le pareció irresistible. Aquellas voces no contaban una historia con palabras, pero dibujaban en su mente imágenes sofisticadas y cinematográficas.

Cuando llegó el turno de la orquesta, se imaginó caminando al anochecer por las calles mojadas de una ciudad europea en primavera. Después se vio en una ciudad costera del Brasil, contemplando desde un hotel elegante la lluvia tropical que golpeaba los cristales. O recostado en una playa debajo de una palmera, rodeado de mujeres hermosas. Luego, se trasladó al Nueva York de los años setenta, en Manhattan, donde bailaba en una discoteca o contemplaba la ciudad desde un rascacielos. También se imaginó en una ciudad literaria y elegante como Buenos Aires. Nunca había estado en esas ciudades, pero las echaba de menos como si las conociera. Qué fácil es imaginar, pensó.

El bus atravesaba el centro de Londres, casi desierto. El groove le hacía mover los hombros, primero uno y luego el otro, siguiendo el compás de las trompetas. Londres ya no era la ciudad de hacía cuarenta años. Sin embargo, las calles vacías, las fachadas elegantes de los hoteles del centro, las estaciones del Underground aún dormidas y el reflejo de las luces de neón parecían sincronizarse con la música que escuchaba.

Las coristas regresaron con su voz suave y sensual. El bus seguía su trayecto tranquilo y silencioso por las calles angostas, sin tráfico y sin gente y él volvió a imaginar. Vio a hombres y mujeres saliendo de las tiendas de discos con un vinilo bajo el brazo. No había celulares ni internet. La gente caminaba erguida y no con el cuello agachado mirando las pantallas como hoy. Vio las luces de los escaparates. Oyó el murmullo de una ciudad que no dormía y que se movía al ritmo de la música disco. Una idea pasó flotando como una burbuja de jabón por su mente: Qué genial hubiese sido vivir aquella época.

Seguía moviendo los hombros, feliz de haber encontrado tanta dicha escondida en esa breve pieza musical  cuando de pronto se percató de que una mujer sentada unas filas más atrás lo estaba mirando. Un calor repentino subió de súbito hacia sus mejillas y orejas. Se puso rojo. Dejó de moverse y volvió la mirada hacia adelante.

—Hey, you seem to be enjoying yourself. What are you listening to?

Francisco bajó el volumen de la canción sin quitarse los cascos. Fingió no haber oído la voz amigable que venía desde la parte trasera. Se sintió observado y eso no le gustó. La euforia que tenía por dentro se esfumó en un instante. La mujer, que era más joven que él, se puso de pie, se acercó a su asiento y se sentó en la otra fila mientras el bus recogía pasajeros que se quedaban en la parte de abajo. Oh no. Ahí viene otra inglesa borracha, pensó.

—Nice music? —le preguntó ella con una sonrisa sincera.

Tenía los dientes blancos, un piercing dorado en la nariz y unos ojos verdes que destacaban en su rostro sin arrugas. Llevaba un vestido azul largo, de corte informal y una chaqueta de cuero.

Pero no estaba borracha. Simplemente quería conversar. No había nadie más en el segundo piso de ese bus. Francisco se quitó los cascos y le respondió:

—Oh, yeah. I was listening to this disco song I discovered recently.

—Nice, what song was that?

—Spring Rain, by a guy called Silvetti.

—Nice, repitió.

Francisco creyó que la conversación terminaría ahí, pero ella de verdad parecía tener ganas de hablar.

—Never heard of it, but it must be a good song if it made you dance. Not many people feel the music these days.

—Yeah that’s true, respondió él sin saber que más decir. No estaba acostumbrado a conversar con desconocidos.

—I love listening to music.

—Yeah me too.

—I mean. Everybody loves listening to music, right? Who doesn’t?! But what I mean is that, when I listen to music, I really listen. I pay attention to what I am hearing, you know what I mean? I focus on every instrument. I listen to my favourite songs many, many times. I like feeling the music, you know?

Francisco sonrió y asintió a lo que ella decía. Nunca había conocido a una persona que escuchara música de esa manera, a parte de él. Su exmujer siempre había sido indiferente a su melomanía y se había hartado de encontrar música por toda la casa.

— The lyrics, the instruments, everything, you know? I enjoy feeling the music, not just listening to it.

Mientras hablaba, ella se tocaba la rodilla que tenía apoyada en el respaldo del asiento de delante. A Francisco le alegró escucharla. No estará borracha, pero sin duda, es otra loca como él, pensó, otra bohemia y melómana más incomprendida en este mundo.

Hacía tiempo que no bailaba. Nunca había sido bueno para ello, pero la música formaba parte de su día a día. Sin música no podía estar. No podía comprender cómo había gente capaz de escuchar una gran composición sin llegar a oírla de verdad. Eso era como mirar sin ver. Como terminar un libro por el mero hecho de terminarlo y no deleitarse con las palabras o la creatividad del lenguaje. O como entrar a un museo como quien entra a un supermercado. Hay canciones que son grandes o pequeñas obras maestras y que merecen toda nuestra atención y hay gente que tiene el sentido del oído en perfecto estado, pero sin sensibilidad para la música. Eso era como estar sordo, pensó.

Entonces le respondió que a veces hacía exactamente lo mismo que ella y que eso era justamente lo que había estado haciendo hasta que ella lo interrumpió.

—Sorry, I didn’t mean to interrupt you.  

—No that’s ok. I am glad you talked to me. I like feeling the music too.

—Yeah I noticed that. Not many people feel the music these days, repetió ella.

Francisco mucho más relajado ahora se quitó los cascos y se los ofreció.

—Do you want to listen to the song?

—Yeah why not? Play it. I want to listen to it.

Se puso los cascos y miró por la ventana. Francisco detuvo la canción justo cuando sonaba el bajo.

—Can you hear this? Can you hear the pum — pum pum — pum pum pum — pum pum — pum pum pum — pum pum …? You have to concentrate.

Ella se ajustó los cascos con ambas manos y empezó a mover la cabeza al ritmo de la música. Levantaba y bajaba la barbilla con los ojos cerrados. Su pelo crespo y dorado le caía sobre sus mejillas. Se movía con más soltura que él y sonreía relajada. Francisco no sabía cómo se llamaba, pero aquella mujer le transmitía buena vibra e inspiraba confianza.

—I love it! It’s such a great song!

—Me too, I can’t get enough of it —confesó Francisco. 

—It’s really catchy, innit?

Francisco le contó que aquella canción le daba ganas de comprarse un tocadiscos y empezar a coleccionar vinilos. Había que rescatarlos, decía, porque ahora todo eran playlists y subscripciones.  Ella le dijo que tenía un tocadiscos que antes había sido de sus padres.

—I love the sound of a vinyl —respondió mientras le devolvía los cascos. 

—Oh, that’s great. I also want to learn to play piano. I’ve wanted to for a long time. Can you play?

—I dabble a bit.

Ella buscó la canción en Spotify y la guardó. No le contó demasiado sobre su vida, aunque sí le dijo que en su tiempo libre también cantaba y tocaba la guitarra.

Entonces presionó el timbre para bajar. Se levantó y, unos segundos después, el bus se detuvo.

—I’ll listen to your song again.

—I’m glad you liked it, —respondió Francisco, contento de haber conversado con una persona tan melómana como él.

Ya estaba convencido de que iba a comprarse un tocadiscos, pero ahora lo estaba aún más.

—You definitely should do it. You’ll find a good one on Internet. Do the things you really love. Life is too short.

—You’re right. I’ll remember your words. I’ll take up piano lessons too.

—Happy to hear that. It’s never too late.

—That’s true. By the way, what’s your name?

—I’m Rose —respondió. Y se despidió moviendo la mano mientras bajaba las escaleras.

Francisco quiso decirle su nombre, pero cuando lo iba a hacer Rose ya había dejado el bus. Intentó cruzar la mirada con ella, pero siguió caminando sin voltear.

El bus arrancó de nuevo. Él volvió a escuchar a canción de Silvetti y recuperó en seguida el éxtasis de antes. Regresaron las ciudades imaginarias, los hoteles elegantes y las playas tropicales. Pero ahora, entre aquellas imágenes, también aparecía Rose. La mente es muy poderosa. He atraído a una de las coristas de Silvetti, pensó.

Se la imaginó sentada junto a un tocadiscos, con un cigarrillo entre los dedos. Su imaginación era la imaginación de un hombre solitario con la mente libre para imaginar todo lo que no poseía y todo lo que podría poseer.

De pronto, se dio cuenta de que el bus se había detenido en su paradero. Bajó corriendo.

Antes de llegar a casa, entró a un off-license, el único establecimiento abierto a aquellas horas en la avenida. Cogió una botella de Coca Cola y se acercó a la caja. Delante de él había dos muchachas rubias, ambas con una minifalda muy corta y las piernas desnudas a pesar del frío. Una de ellas, bastante borracha, se volvió y le dijo:

—I like your hair!

Él seguía con los cascos puestos aunque la música estaba apagada. Esta sí que está borracha, pensó.

Su amiga que pagaba con una tarjeta contacless, la regañó en voz baja, dándole un pequeño codazo:

—We don’t talk to stangers.

Esta está más sobria que la otra, pensó Francisco.

Él sonrió ante el cumplido, estirando los labios sin mostrar los dientes. Tras pagar, volvió a encontrárselas unos pasos más delante de él en la calle. Caminó despacio para no alcanzarlas, pero terminó haciéndolo al llegar a la esquina. La que le había hecho el cumplido caminaba haciendo eses, sostenida por su amiga. Al verlo, intentó acercarse de nuevo.

—Hey mate, I like your hair!

Su amiga la sujeto.

—Laura, leave that guy alone!

La otra se echó a reír. Ambas giraron la esquina y desaparecieron por esa calle.

Francisco siguió caminando, riéndose para sus adentros. Se puso la música otra vez y volvió darle al play. No le importaba repetirla: le levantaba el ánimo y le daba una pequeña dosis de felicidad. Hay composiciones que funcionan mejor que las pastillas, pensó. Sintió ganas de vivir un día más, de que amaneciera.

Antes de dormirse, pensó en la conversación agradable que acababa de tener con Rose y en lo fortuitas y efímeras que pueden ser algunas conexiones, por agradables que resulten. También pensó en las dos rubias. Hay gente que se refugia en el alcohol. Todos necesitamos refugiarnos en algo, se dijo.

Después buscó en Google cómo se llamaba esa nostalgia que uno sentía por una época que nunca había vivido. En el buscador apareció: anemoia. Buscó la etimología y origen de esa palabra para comprenderla mejor y le gustó.

—Ya sé de lo que padezco, dijo en voz baja.

Unos minutos después, se durmió.

Londres, octubre de 2026

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