
Fui al parque que está cerca de mi casa.
Un parque gigante, inmenso como un bosque.
Voy a ese parque por muchas razones
Muchas veces a correr
Otras veces a leer.
Ayer fui a caminar a ese parque.
Los trenes pasaban velozmente y,
yo que lo siento todo,
sentí a lo lejos que los puentes temblaban,
pero los árboles se mantenían impávidos y fuertes.
Observé las aves que volaban despreocupadas
mientras yo caminaba preocupado.
Pensé: esas aves carecen de sentido
mientras, yo que tengo sentido, todo a veces me parece un sin sentido.
Ojalá fuera libre como esas aves.
Vi a muchos aviones volar.
Pasaban uno tras otro, pero unos segundos después desaparecían.
Nubes esponjosas se los tragaban y ya no los devolvían.
Vi también a mucha gente pasar.
Quizá buscaban lo mismo que yo buscaba,
aunque yo no sabía lo que buscaba.
Caminé por ese parque para desintoxicarme de este mundo insoportable.
En este mundo de tecnología descartable y modas pasajeras
los árboles perduran y no te abandonan.
Los árboles devuelven la paz y tranquilidad
Llueva, nieva o haya tormenta nunca se quejan.
Recordé un poema de William Wordsworth en ese parque.
Un poema que me hablaba de todo eso.
Y qué razón tenía
qué razón tenía.
Los árboles son como lo es toda la naturaleza:
A temperate show of objects that endure.
Me senté al pie de un árbol de ese gran parque y,
versátil como siempre he sido,
escuché ahora una gran canción.
Escuché El árbol del gran Pedro Suárez-Vértiz y
Pensé en mi vida y en los sueños de mi edad como dice la canción.
Entonces transformé las lágrimas en gotas de rocío
Y mi llanto en el cantar de los pájaros alegres que volaban por lo alto.
Escuché la guitarra eléctrica que sonaba limpia y cristalina.
Viajé en la máquina del tiempo por un momento.
Viajé una vez más en esa misma máquina donde soy viajero vitalicio.
Estaba en los últimos años del siglo pasado.
Lleno de sueños y aspiraciones
rodeado de viejos amigos y un sinfín de canciones.
He caminado por muchos parques inmensos en mi vida
en Moscú, en Madrid, en otras urbes y yo,
que crecí en medio del polvo y la niebla,
los aprecio justamente porque no soy nada más que polvo y niebla
mientras que ellos son eternos.
He deambulado como errante en el exilio por muchos parques.
He dejado mis huellas en millares de hojas secas.
Y cada vez que he visto un árbol lejos de casa
he recordado esa canción y los mejores años de mi vida.
He recordado que vengo de una ciudad lejana, pero que siento cercana.
No importa dónde me encuentre.
He recordado que un hombre como yo siempre vivirá soñando.
La realidad de la vida así lo exige.
Y porque como dice esa gran canción:
Vivir soñando es solo un placer mental.
Y qué razón tenía
qué razón tenía.
Londres, octubre de 2026